Policías afganos gays en ‘La guerra de las galaxias’

Un estudio universitario analiza todas las memorias publicadas por militares británicos destinados en Afganistán. Los relatos sirven como “vector del militarismo” en la sociedad y dibujan un país bestial y vicioso.

“Ibamos con los americanos, y no veas que ejercito, esos si tienen cosas y ademas los colgaos pa espantar las cabras ponen al mikel jaeson a toa hostia jaja”, recuerda en su blog, sin detenerse en muchas normas ortográficas, un soldado español destinado en Afganistán. Su testimonio pretende ser cómico pero resulta desgarrador, y es tan sincero que cuenta más sobre la guerra que algunos manuales académicos.

Dos expertos en geografía humana, Rachel Woodward y Neil Jenkings, han visto el potencial de estas narraciones para explorar “el imaginario colectivo de la geopolítica contemporánea”. Son dos profesores de la Universidad de Newcastle, en Reino Unido. Han leído todas las memorias de militares de las Fuerzas Armadas Británicas destinados en Afganistán que se han publicado en los últimos cinco años. Y su conclusión es que todas ellas, 24, intentan responder a las mismas tres preguntas: “¿Por qué estamos aquí?”, “¿Quién es esta gente?” y “¿Qué es este lugar?”.

Al leer sus relatos, da la sensación de que los soldados no saben ni dónde están ni contra quién luchan. El enemigo aparece dibujado en ocasiones como un barbudo islamista radical que acude a la guerra santa, pero otras veces es un simple agricultor local que suelta la azada y empuña un Kaláshnikov para defender el territorio de un señor feudal a cambio de 10 dólares.

El cabo de caballería Mick Flynn escribe en sus memorias que el enemigo es abigarrado e incluye “británicos, saudíes, kuwaitíes, yemeníes, chechenos, paquistaníes y la variedad que quieras de afgano cutre de cosecha propia”. El alférez de infantería Patrick Bury y la sargenta Chantelle Taylor, del equipo médico de combate, citan incluso rumores de talibanes que hablan con acento de Birmingham y lucen tatuajes del Aston Villa, el equipo de fútbol de la ciudad inglesa.

“No todos aquí somos iguales”

El enemigo es a la vez heterogéneo y homogéneo. En el verano de 2008, la guerra arreció en la ciudad de Garmsir, en el sur del país. Durante el ataque, el capitán irlandés Doug Beattie vio el cadáver de un combatiente talibán en el suelo: a su juicio era indistinguible de los agricultores locales o de los policías que trabajaban a su lado. “Es de Punyab [una región entre India y Paquistán]”, le dijo un coronel de la policía afgana. “¿Cómo lo sabes?”, replicó el irlandés. “Porque, pese a lo que creéis los occidentales, no todos aquí somos iguales”.

Los 24 libros de memorias analizados han vendido 500.000 ejemplares

Woodward y Jenkings han leído y destripado 24 libros de memorias escritos por 21 militares británicos. Entre todos han vendido 500.000 ejemplares, convirtiéndose en un “vector de militarismo” para la sociedad, al “celebrar un operativo militar heroico”, según los profesores de la Universidad de Newcastle. Suman miles y miles de páginas, pero en ellas los civiles afganos están ausentes. Y ello pese a que, desde 2007, cuando empezaron a contarse los cadáveres, han muerto al menos 12.000 de manera violenta en la guerra.

En las memorias, los afganos habitualmente aparecen como un pastor de cabras en el horizonte, como un grupo de niños que corre al lado de una patrulla o, directamente, como el cadáver de un enemigo. El capitán Beattie llega a describir con detalle en sus memorias cómo ve a un talibán a través de la mira de su fusil, aprieta el gatillo y lo revienta.

Y, en muchas ocasiones en las que los afganos aparecen vivos, es para ser insultados. A juicio de los militares británicos, sus aliados locales —los miembros de la Policía y el Ejército afganos— son vagos y estrafalarios. Incluso se sugiere que algunos son pedófilos o que todos son homosexuales. El cabo Mick Flynn cita el comentario de uno de sus colegas: “Son basura: la mayoría de ellos pasan el día tumbados, fumando hierba y planificando a quién se van a follar el jueves por la noche. La noche de los jueves para la Policía Nacional Afgana es la noche del amor masculino: hablamos de lápiz de ojos, flores en el pelo, joyas y todo el lote”.

El Otro

“Las representaciones del enemigo, el Otro, se ajustan a las ideas previstas: él (siempre él) es raro, extraño, diferente, bestial, injustificado y vicioso”, resumen los profesores en su repaso a las memorias militares, que se publica en la revista especializada Political Geography. “Las memorias militares pueden facilitar la guerra, no de una manera causal, pero sí como artefactos de un militarismo cultural a través de los cuales las intervenciones militares se normalizan, simplifican, desinfectan y justifican”, concluyen.

«Las memorias militares pueden facilitar la guerra, no de una manera causal, pero sí como artefactos de un militarismo cultural»

Desde la invasión en 2001, han pasado por Afganistán tropas de 50 países. En este tiempo, Reino Unido ha puesto 80.000 personas en el terreno, de las que 415 han muerto. Todos entraron por la base aérea de Kandahar, famosa en las memorias por su olor apestoso, debido al llamado “estanque de mierda”, una fosa séptica al aire libre.

El destino final de los militares británicos es Helmand, una provincia desértica en el suroeste del país cuyo principal río riega campos de trigo y maíz pero, sobre todo, de la amapola del opio. Helmand es la despensa mundial de los productores de opio, morfina y heroína. Y es, de alguna manera, hermosa.

El teniente de aviación Alex Frenchie Duncan recuerda en sus memorias cómo las aguas cambiaban del verde esmeralda al turquesa al sobrevolarlas en su helicóptero Chinook. “¿Cómo un lugar tan bonito puede ser tan mierda?”, se pregunta.

La guerra de las galaxias

“Unas cuantas memorias establecen la comparación entre el terreno de Afganistán y los terrenos de ficción que aparecen en la saga de La guerra de las galaxias”, apuntan los profesores.

En sus memorias, los militares, entrenados para guerras convencionales, se ven de repente en los papeles de “policías amables, trabajadores sociales, representantes del Gobierno, trabajadores de ONG, detectores de bombas, ingenieros, asesinos, médicos”, según señala el alférez Bury.

El análisis de los dos expertos en geografía humana de la Universidad de Newcastle también muestra la incredulidad de los militares ante las estrategias que les venden sus mandos. El alférez Bury es uno de los más explícitos. “Parece que somos un martillo usado para apretar un tornillo […]. Todo lo que estamos haciendo aquí es ayudar a estos cabrones corruptos en sus juegos de poder”, afirma el militar, de 24 años. “Este lugar no vale la bota izquierda de uno de los nuestros”, zanja.

Burlas a los mandos

El alférez resume con sarcasmo el plan de sus superiores: “Se proyecta un mapa del valle del río Helmand en rojo, en posesión de los talibanes. Los puntos verdes muestran áreas controladas por la ISAF [las fuerzas de la OTAN]. Es la famosa estrategia de la mancha de tinta: una serie de bases avanzadas a partir de las cuales las virtudes democráticas y pacíficas de Occidente fluirán como un mar de tinta verde, buscando otras manchas verdes, uniéndose a ellas y convirtiendo Helmand en un lugar feliz, un lugar verde. Podemos ver los fundamentos del plan en el mapa, pero las manchas verdes son sólo puntos en un mar rojo”.

El capitán Leo Docherty lamenta que los misiles británicos vayan a matar a “innumerables” civiles afganos

Los autores del estudio subrayan que el militarismo que rezuman estas memorias no es absoluto. “Aunque colectivamente se pueden entender como vectores del militarismo, si se analizan con más detalle podemos ver interrupciones en los discursos dominantes que priorizan las soluciones militares y las intervenciones”, esgrimen Woodward y Jenkings.

El capitán Leo Docherty ofrece muchas de esas “interrupciones”. Pertenecía a uno de los cuerpos de élite de la infantería británica, el regimiento de Guardias Escoceses, pero abandonó el Ejército en 2006, asqueado por la Guerra de Afganistán. “Hemos perdido esta campaña antes de empezar. Sé que no tiene sentido que los soldados mueran en Helmand. Sé que nuestros proyectiles de artillería y nuestros helicópteros Apache, en una trágica repetición de la torpeza soviética, matarán a innumerables civiles afganos mientras persiguen un enemigo incierto. Me siento tonto por creer de todo corazón que al venir a Afganistán formaría parte de algo inteligente, valioso y constructivo. Ahora sé que nuestra entrada en Helmand ha sido ignorante, torpe y destructiva. Una locura arrogante”.

Fuente: Esmateria