Pedro Pitarch «Ganando Barlovento»

Nueva conmoción en el mundo de la defensa, por la decisión de la ministra del ramo, Margarita Robles, anunciada el 13 de mayo pasado, de retirar la fragata española Méndez Núñez, que operaba integrada en el grupo de combate norteamericano del portaviones Abraham Lincoln. El buque español se incorporó a esa fuerza, a su paso por el Estrecho de Gibraltar, en un largo periplo para “enseñar la bandera” por todo el mundo.

Al aproximarse al Golfo Pérsico, la Méndez Núñez, cumpliendo una inesperada orden de Madrid, dio la espantada. Y se organizó el tumulto, fomentado por una gestión informativa muy deficiente, que ha cultivado la confusión en partidos, medios, tertulias y otros “expertos”. El caso demanda un análisis serio, para que nuestra Armada no quede injustamente en entredicho.

Sorprende que una iniciativa tan trascendente se anunciara sin conocimiento previo de las respectivas embajadas que, por lo relatado, se enteraron de ella por los medios. El ministro de asuntos exteriores, Borrell, preguntado por el tema al día siguiente, durante un desayuno de campaña para las europeas, se dio mus: “prefiero no entrar en arenas movedizas”. En todo caso, resulta curioso que la retirada se anunciase cuando tanto la Ministra como el JEMAD, general Alejandre, se encontraban fuera de España.

Doña Margarita, desde Bruselas, calificó su decisión como “de carácter técnico y militar, no político”. ¿Desde cuándo las decisiones de un miembro del Gobierno son técnicas o militares? Parecería como si la retirada de la fragata la hubiera decidido el JEMAD, o el AJEMA, o el ALFLOT. O, incluso, don Antonio, el comandante del buque, quien había declarado a ABC, el pasado 19 de abril: “Este despliegue es también un claro compromiso de España y EE UU en favor de la paz y estabilidad mundial”. Bien dicho, comandante. Por otra parte, afirmar que el acuerdo para la integración se firmó hace dos años, parecería hacer recaer la responsabilidad del tema sobre el anterior Gobierno. Pero (si no me falla la memoria) el acuerdo bilateral, es decir el MOU (memorandum of understanding), se firmó en el verano de 2018, cuando ella ya pululaba por la 4ª planta del ministerio de defensa.

El cambio de ruta tampoco cuela. El tránsito hacia el Golfo Pérsico estaba previsto en el periplo. Así como que el grupo aeronaval del Lincoln pasase, en su momento, a depender de la Quinta Flota norteamericana que, como es sabido, es la “dueña” del teatro aeronaval que comprende, entre otros, el Mar Arábigo y el Golfo Pérsico. Además, cuando la Méndez Núñez se incorporó a la escolta del Lincoln, en el Estrecho de Gibraltar, la alta tensión entre Washington y Teherán era archiconocida.

El interés de las FAS en esa integración era grande. Tanto que, el 15 de abril, el JEMAD visitó el portaviones, mientras hacía escala en Palma de Mallorca. El EMAD, en su página oficial, hinchaba el pecho y resaltaba así la visita: “la participación de una fragata española en este despliegue demuestra la capacidad de nuestras Fuerzas Armadas para integrarse con nuestros aliados, con quienes compartimos principios y valores, basados en la libertad, democracia, respeto a los derechos humanos y cumplimiento de la ley. La cooperación con países amigos y aliados constituye una de las maneras de mantenernos unidos en defensa de nuestros valores democráticos, en el entorno de seguridad actual, cada vez más impredecible e inseguro”. Vaya, todo un “presagio”, mi general.

Y era máximo el interés en el campo industrial. En febrero de 2018, Navantia junto con el astillero norteamericano General Dynamics Iron Work fueron seleccionados, como una de las opciones para el diseño conceptual del programa norteamericano FFGX, con vistas a la construcción local de 20 fragatas, referenciadas a las de la clase “Álvaro de Bazán” (F-100), a la que pertenece la Méndez Núñez. Por ello, el 21 de febrero de 2019, Navantia presentaba en Washington, a bombo y platillo, la apertura de su nueva oficina en EE UU para, en palabras de su presidenta, Susana de Sarriá, “reafirmar su compromiso con este país e identificar nuevas oportunidades de negocio”. Por este lado, uno diría que, con su decisión, doña Margarita también ha hecho un pan como unas tortas.

La ministra portavoz, Isabel Celaá, remató la faena justificando la decisión de retirar la fragata por “cautela y prudencia” ante la “imprevisibilidad” de Trump. Solo le faltó decir que en el órgano central de Defensa se precipitaron, al “acongojarse” ante la posibilidad de que sonaran tiros en el Golfo. Cuándo se enterarán [email protected] de que si un grupo de combate basado en un portaviones nuclear suelta amarras, no se va de crucero.

El grupo se adjetiva de combate porque está para eso: combatir. Y nuestro problema de fondo es posicional. Porque sentándonos al lado del más fuerte obtenemos beneficios. Pero, al mismo tiempo, hay que asumir los riesgos de, o bien recibir algún garrotazo colateral, o bien enseñar el trasero (la popa) al escabullirse. O ambos a la vez. La síntesis del caso me la ha brindado un almirante de muy altos vuelos: “como marino, me siento avergonzado por tal decisión”. ¡Ay, si don Casto Méndez Núñez levantara la cabeza!

El alcance del bodrio está por ver, tanto en términos domésticos como internacionales. Quiero esperar que las relaciones a nivel militar puro no sufrirán mucho, aunque el caso deteriore nuestra credibilidad como aliado. No diría lo mismo en el plano político y comercial. Me extrañaría que, cuando el grupo aeronaval salga del Golfo ―si es que entrase en él, lo que aún está por ver―, los norteamericanos permitan a la Méndez Núñez reintegrarse a su despliegue anterior. Aunque, bien mirado, pienso que el Gobierno no debería ni intentarlo. Mayormente para no avergonzarnos más todavía.

Fuente: Blog