Luis G. Segura “Por mis cojones”

BlogUnPasoalFrenteEn las Fuerzas Armadas hay varios elementos sagrados que cualquiera podría enumerar, como son los banderines, el saludo, la disciplina o la pulcritud. Tal es su importancia que sin ellos es muy difícil entender la milicia. De la misma forma, hay dos frases sagradas en las Fuerzas Armadas necesarias para comprender su idiosincrasia: “Por mis cojones” y “búscate la vida”.

Es inimaginable que un mando —superior, como les gusta considerarse— argumente sus órdenes o la legitimidad de las mismas ante un subordinado —o inferior— cuando éstas van contra derecho y, por supuesto, inconcebible la rectificación (lógicamente, estoy generalizando). Es en esos precisos momentos cuando surge esta sagrada y litúrgica expresión que pone fin a cualquier debate o reparo por muy descabellado que éste resulte: “¡Por mis cojones!”.

No hablamos de unos cojones cualesquiera, hablamos de los cojones de los altos mandos, para ser exactos. Esos cojones cuya argumentación y lógica son tan aplastantes que someten cualquier resistencia intelectual y convencen a la tropa para seguir sus pasos hasta la muerte… ¿o no? Bien, pues en este mundo de cojones —nunca mejor dicho—, la tropa ha nacido castrada y, como tal, carece de cualquier tipo de derecho aunque éste lo haya otorgado alguien tan importante como el ministro —o la ministra, que también hubo una, y  cuesta mucho comprender cómo la pudieron admitir si la pobre tenía el defecto de no tener cojones—.

En la Brigada Paracaidista, por ejemplo, es una tradición que no se tramiten las solicitudes de cambio de destino de los militares de tropa o que se tramiten unas pocas y las otras se guarden en un cajón en función de las necesidades de la unidad. Me lo contaba un capitán hace tiempo y me costaba creerlo, pero entrevistando a varios militares de la mencionada brigada confirmé esta situación.

Ya se sabe que la tropa no tiene derechos, que harán lo que se les mande. Si no les gusta, ¿para qué han entrado? (otra de las legendarias y razonadas respuestas militares). Ni que decir tiene que no tramitar una solicitud de cambio de destino o de vacante está tipificado como una falta grave y/o delito. Otra cuestión es que haya una gran diferencia entre la catalogación de una acción y la decisión judicial final, sobre todo cuando ésta atañe a un alto mando. Lo habitual es que tales decisiones, en un juzgado militar, se conviertan en potestad del mando que viene a ser como una manta que todo lo cubre.

Un ejemplo claro es el acoso laboral. ¿Cuántas sanciones —leves y graves— o delitos se han cometido en las Fuerzas Armadas en los últimos 25 años en materia de acoso laboral? Creo que es suficiente con saber que el acoso laboral no es un delito tipificado como tal en el Código Penal Militar para hacerse una idea de la magnitud del problema.

En cualquier caso,  pienso que lo peor de todo al final es el nivel de sometimiento que se obtiene con tales acciones, prácticas e imposiciones, y con la impunidad de las mismas. ¿Cómo se debe sentir una persona —los soldados son personitas con pies, manos, ojos… en fin, son muy parecidos a los oficiales aunque algunos no lo crean— a la que se le niega un derecho de forma tan injusta?

En un ejercicio, hace pocos años, en esta misma unidad, las condiciones meteorológicas no eran las óptimas para saltar, pero era un salto importante. Uno de esos saltos en los que había que saltar sí o sí: un alto mando se jugaba su carrera militar. Las condiciones no eran las adecuadas, pero la inteligencia militar tiene soluciones para todo y volvió a surgir el “por mis cojones”. Fue por esos cojones que los paracaidistas fueron meneados por el viento como si fueran peleles, y arrojados contra el suelo sin piedad. Los huesos quebraron, las columnas y las rodillas chocaron, los paracaidistas cayeron. Las ambulancias corrían frenéticas de un sitio a otro para intentar recuperar a todo el que encontraban chillando de dolor. Los heridos se contaban por decenas y les llevó mucho tiempo recuperarse de esas lesiones, y alguno todavía no se ha recuperado de ellas. El iluminado en cuestión,  el que ordenó el salto, continuó su carrera como si aquel episodio no hubiese tenido lugar. Un poco de tierra encima y asunto terminado, no sea que se ensucie el prestigio de las Fuerzas Armadas.

Ese sentimiento de injusticia es el que tienen las madres y padres militares —solteros, divorciados o con dificultades para que alguien cuide de sus hijos— a los que se les obliga a realizar guardias aunque tengan concedida la reducción de jornada, y se les espeta el ya clásico “búscate la vida”. Poco importa que la reglamentación les exima de hacer guardias ordinarias y extraordinarias, o que abandonar a un menor sea un delito. ¡Por mis cojones que haces la guardia! Y si no la hacen… ¡Que se preparen! Se les sanciona con una falta grave y un mes de encierro en un centro disciplinario —ese lugar en el que tuve que prometer que no “envenenaría” la mente de los soldados para que me dejasen hablar con ellos—. Y el hijo o la hija del arrestado, pues… ¡Que se busque la vida!, que para eso es hijo/a de militar.

Lo del centro disciplinario es ya un clásico, un clásico cuyo personal le cuesta al ciudadano anualmente entre cuatro y seis millones de euros (sin contar gastos en infraestructuras, equipamientos, etc). Este jueves me escribía la mujer de un militar que se encuentra desesperada, porque a su marido le han ingresado durante un mes y un día por no tener tramitada la compatibilidad laboral. Es decir: por un problema administrativo ha perdido su libertad. Es como si cualquiera de ustedes acuden al Ayuntamiento y les enchironan un mes por una multa de tráfico. Y con un agravante: los militares podemos ser encerrados sin que la sanción sea firme. Y ya el motivo: “Por mis cojones”. Me gustaría decir que es un caso único, pero lo cierto es que en los últimos años dos militares amigos míos han ingresado por el mismo motivo.

Eso sí, de los negocios de los altos mandos ni Cristo quiere saber, y si han solicitado o no compatibilidad no pasa nada. ¿Y las puertas giratorias que han convertido los cuarteles en lugares de peregrinaje para antiguos altos mandos ahora convertidos en comerciales, consejeros o asesores? Para esos no hay encierro en centro disciplinario como castigo, para esos hay alfombra roja como premio. Pueden preguntarle al PP, que fue el partido que denegó la proposición de UPyD para acabar con estas puertas giratorias.

Esto de las injusticias en la vida militar —que apunten los observadores, si es que están observando ahora— es como mínimo retorcido. Mientras estaba encerrado en el Centro Disciplinario Militar —por manifestaciones contrarias a la disciplina, pero no por aseveraciones falsas, lo que demuestra que hasta el instructor sabía que lo que yo contaba era cierto— entraron dos militares con la misma sanción. Hasta ahí todo normal. Pues bien, uno salió un día después que el otro porque a uno le contaron el mes como 30 días y al otro como 31. La cara del que tuvo que estar un día más era un poema, pero a los mandos no es que le preocupase mucho, y a la institución menos. Así que, al final, por mis cojones que uno de ellos cumplió un día más del que debía.

Aunque lo aquí escrito pueda parecer trivial, estamos hablando de la vida de muchas personas y familias. “Ya sé, ya sé”, me dicen algunos oficiales —ellos también tienen derecho a expresarse— que “la tropa no son militares vocacionales, sino mercenarios y chusma, y que no todos los oficiales son iguales, y que generalizo cuando hablo de corrupción. Y que si la tropa quería más, que hubiesen estudiado”. Anotado queda su muy ilustrado comentario.

En los últimos días, parece ser que los servicios de inteligencia se han preocupado por seguirme, vigilar mis peligrosísimos movimientos —hasta aquí lo que llevan haciendo meses— y elaborar listas negras. Derivado de esta actividad —que pagan los ciudadanos— se han creado dosieres de mis amigos y ha comenzado la caza de brujas. Poco a poco, el cerco sobre ellos para que dejen de mantener contacto conmigo se estrecha. Sinceramente, ya no es que me parezca infame o indigno, es que me parece un insulto a la ciudadanía y un movimiento poco inteligente. Dedicar recursos que salen del bolsillo del contribuyente para organizar una vendetta en el ámbito militar, en lugar de una auditoría pública, me parece como mínimo preocupante.

Supongo que todo esto al “Observatorio de la vida militar” le parecerá chachi y seguirán con sus prismáticos observando la vida militar y su gran funcionamiento. ¡Gran labor la que hacen los observadores! La verdad es que debe ser muy guay que te nombren miembro de un observatorio de esas características, y un enorme fastidio tener que hacer algo más en él que figurar. Por cierto, ¿lo harán de forma gratuita? Lo de observar me refiero.

Dejando a un lado estas bochornosas situaciones y las precisas y preciosas actuaciones de los observadores, a pocas personas se les escapa que tales hechos sitúan a las Fuerzas Armadas en tiempos pasados y convierten a los soldados en reclutas camuflados cuando deberían ser soldados profesionales —militares de carrera—. ¿Por qué se producen situaciones tan aberrantes en la actualidad? ¿No lo sabe aún? Yo se lo aclararé: ¡Por mis cojones! Bueno, por esos, y por los cojones de todos los altos mandos que miran para otro lado —esos que tanto se ofenden cuando dicen que generalizo—, los de los jueces y fiscales que hacen como que tal situación no se produce, los de los observadores, los del Ministerio, los de… ¡Qué cojonuda es toda esta gente!… Y yo que no había caído en ello.

Dado que en las Fuerzas Armadas se suelen arrestar relojes, piscinas, banderines, compañías —esta frase no es ciencia ficción aunque lo parezca—… ¿A nadie se le ha ocurrido todavía que sería una idea muy brillante arrestar de una vez por todas los cojones?

Fuente: Publico

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