Libia un avispero a las puertas de Europa

Libia se ha convertido en un foco tóxico para toda la cuenca mediterránea. Desde la caída de Muamar Gadafi, el país vive sumido en el caos y es campo abierto a la proliferación de la hidra yihadista.

La ola de atentados contra turistas extranjeros en el vecino Túnez, perpetrados por jóvenes que recibieron entrenamiento militar en su territorio, es el último ejemplo del alto precio que Europa paga por la falta de una solución al conflicto en el país norteafricano.

Sumido en una guerra civil con cada vez más participantes, a la que la bandera negra de la organización terrorista Estado Islámico ha sido la última en sumarse, Libia es desde 2011 fuente de yihadistas e inmigración clandestina hacia la UE.

Sin apenas periodistas ni personal diplomático occidental en el terreno por la inseguridad, resulta realmente difícil conocer una realidad compleja y constantemente cambiante.

En el teatro libio hay hoy dos gobiernos enfrentados, ninguno de los cuales controla efectivamente el territorio, y operan multitud de milicias, detrás de otras tantas opciones políticas y religiosas. En resumen, un magma de inestabilidad que Jonathan Powell, el enviado especial británico para Libia, ha descrito como un «tarro de miel» para redes yihadistas extranjeras.
Implosión política

Lo que vive Libia es, según el panel de expertos nombrado por el Consejo de Seguridad de la ONU, «una total implosión del sistema político», fenómeno agravado por la absoluta saturación de armas y la entrada en escena en febrero de 2014 de Jaliffa Haftar, un general renegado de la era de Gadafi.

Ahora es el líder de las fuerzas de la denominada «Operación Dignidad», impulsada por el Gobierno establecido en Tobruk, el reconocido por la mayor parte de la comunidad internacional, que se apoya en sectores laicos y nacionalistas, algunos vinculados al antiguo régimen.

Frente a ellos, las heterogéneas fuerzas de la «Operación Amanecer», teóricamente bajo el paraguas de la amalgama islamista radicada en Trípoli. Sin embargo, la lealtad de las guerrillas cambia de un día para otro en función de sus intereses y hasta a sus propios cabecillas les cuesta saber quién guerrea con quién cada día.
Auge de Estado Islámico

El panorama es tan volátil como sangriento y ha provocado 454.000 desplazados desde noviembre de 2014. En él gana terreno Estado Islámico. Desde que a finales de octubre del año pasado un grupo de hombres armados desfilara con sus vehículos «pick-up» por las calles de Derna y proclamara su adhesión al «califato» terrorista, EI ha reivindicado ataques en diferentes puntos del país, pero los analistas de seguridad occidentales dudan que quepa atribuirle todos los que reivindican.

Andrew Engel, del Washington Institute For Near East Policy, ha detectado huellas de la red que lidera Abu Bakr al-Bagdadi, en Derna, Bengasi, Sirte, Trípoli y diversas áreas del sur del país. La cercanía a Europa hace a Libia especialmente atractiva para EI. Uno de sus militantes, Abu Irhim al-Libi, ha escrito en internet que «algunos no se dan cuenta de la importancia estratégica de Libia», a la que define como un «portal estratégico para Estado Islámico».

Otros simpatizantes claman en las redes por un gran frente occidental desde el que enlazar con los yihadistas que luchan en Irak y Siria y crear así una pinza que acercaría la «liberación de Palestina». La toma del aeropuerto de Sirte en mayo habría sido el último éxito en esta dirección.

El avance de Estado Islámico se ha producido en detrimento de Ansar Al-Sharia, la marca local de Al Qaida, algunos de cuyos integrantes se están pasando a las huestes de Al-Bagdadi. Se trata de algo parecido a lo que le ocurrió al Frente al Nusra en Siria, que terminó viéndose relegado como principal oposición armada a Bashar al Asad.

La pléyade de grupos extremistas en el fluctuante bando islamista no se queda ahí. Con base en Bengasi, un grupo de milicias se ha unido bajo el nombre de Escudo de Libia. También en Bengasi, la Brigada de Mártires del 17 de Febrero, es responsable entre otros atentados del que mató al embajador estadounidense en 2012, mientras que la ciudad de Misrata da nombre al grupo formado en 2011 contra Gadafi.

Son solo algunos de los grupúsculos que han convertido a Libia en un estado fallido y malogrado las inversiones que hicieron compañías extranjeras como Repsol. Es solo una parte de la factura por la falta de previsión de unas potencias occidentales que, empujadas por la Francia de Sarkozy, pusieron la OTAN en marcha para derrocar al dictador pero que, una vez logrado esto, evitaron implicarse y permitieron que la violencia se adueñara del país africano.