Las bombas del 11-M. Relato de los hechos en primera persona

OPINION

11-M“El 11 de marzo de 2004, me levanté como siempre a las 6.30 horas. Me vestí, desayuné, di un beso a mis hijos y a mi mujer, aún dormidos, y salí por la puerta poco después de las 7 horas. Se presentaba un día de formalismos, tranquilo e institucional. Sin embargo, ni siquiera había empezado a desarrollarse cuando una llamada lo echó todo por tierra”. Así comienzo mi libro publicado en Amazon, donde relato con detalle los movimientos de mi unidad durante el día de los atentados y las jornadas posteriores.

Como máximo responsable iba transmitiendo a mis superiores los mensajes que minutos después debían ser trasladados al Gobierno y a los medios de comunicación: “En la unidad estuvimos volcados en nuestras funciones durante los tres días consecutivos a los atentados, apenas sin descanso. Cuando mi familia me comunicaba que en los medios se hablaba de la autoría de ETA, yo me sorprendía, pero, por otra parte, ignoraba los datos disponibles en otras unidades policiales. Ante esa ausencia de datos, los actores políticos y sociales los inventaron, los deformaron y exageraron con el fin de adaptarlos a sus estrategias o deseos”.

Trato de poner la historia en orden, mostrando las contradicciones en las que incurrieron periodistas como Casimiro García Abadillo, Pedro J. Ramírez o Federico Jiménez Losantos. Pero también revelo el seguidismo de diputados como Jaime Ignacio del Burgo o Eduardo Zaplana, que leían El Mundo antes que el propio sumario judicial, lo que les hubiera resuelto muchas dudas. Mi relato está basado en  información contrastada del procedimiento judicial y de la Comisión Parlamentaria del 11M. Hubo periodistas y políticos que se empeñaron en justificar la equivocación de seguir un camino cuando todas las pruebas indicaban otro. La investigación policial fue sometida a un juicio paralelo sin precedentes.

Respecto a García Abadillo, por poner un ejemplo, escribió un artículo Pecado de soberbia, publicado en El Mundo el 29 de marzo de 2004, a los 18 días del atentado, cuando el ambiente mediático y político aún no se había contaminado de las aberrantes teorías conspiratorias. En él manifestó: “Alguien en Moncloa dejó a un lado el drama que estaba viviendo el país y se dedicó a cuantificar la catástrofe en forma de escaños. Si es Al Qaeda, perdemos las elecciones. ¡Dios nos libre de los que en situaciones así son capaces de llegar a tales conclusiones! Por eso, se tomó la determinación no de mentir, sino de mantener la duda hasta el final. Aguantar la tesis de ETA hasta el 14-M. […] No se dio la orden de mentir. De hecho, no se mintió. Tan sólo se decidió dar la información mezclada con el wish full thinkingde que la tesis de ETA seguía siendo la más probable. Nadie puede protegerse contra la verdad. Y en esos momentos nadie tuvo la cabeza lo suficientemente fría como para pensar en lo realmente importante […]”.

Pocos días después, cambiaba de opinión  y el 18 de junio de 2004, antes de que se iniciara la Comisión de Investigación, García-Abadillo escribió en su periódico: ¿Alguien ha tendido una trampa para fomentar la idea de que en torno al 11-M existe una trama policial con ramificaciones en la cúpula del cuerpo? Esa es una sensación que flota en el ambiente. No olvidemos que estamos hablando de junio de 2004, tres meses después de los atentados y mes y medio más tarde de haber escrito Pecado de soberbia.

El trabajo de mi unidad hubiera sido percibido y valorado de forma muy distinta si las elecciones generales no hubieran tenido lugar tres días después de los atentados. Siguiendo Casimiro García Abadillo, en el mismo artículo Pecado de soberbia: “Si el 11 de marzo no hubiera estado tan cerca de las elecciones, probablemente Aznar se hubiera comportado de otra manera. Hubiera actuado como un profesional, es decir, como un presidente que sólo tiene un objetivo prioritario: ayudar a las víctimas, descubrir a los culpables y ponerlos a disposición de la justicia. Pero no. Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina”.

Algunos periodistas de El Mundo, al crear y corear la teoría sobre la conspiración de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ayudaron a los terroristas, quizá inconscientemente. Es incomprensible que los servicios de información no analizaran todos los indicadores que señalaban a España como objetivo del terrorismo internacional antes de lanzar los comunicados oficiales. Tampoco se comprende cómo el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, solo atendió los consejos del CNI. ¿Es qué nadie pasó los informes de los Tedax a los servicios correspondientes para disipar la “obcecación” del Ejecutivo?. Como afirmo en el libro: “No podemos negar, por otro lado, que hasta ese momento el terrorismo en España había estado vinculado casi en exclusiva a la banda criminal ETA. De ahí que nada más estallar las bombas se generalizara la creencia de que había sido esta organización terrorista. Este prejuicio, unido a las adversas circunstancias del momento, provocó la resistencia a emplear la razón para el análisis de los datos que iban recibiendo. Algunos de los receptores de las informaciones, de hecho, se quedaron con esa idea de la culpabilidad de ETA quizá demasiado tiempo. No valoraron en su justa medida la sucesiva aparición de evidencias. Tardaron en digerirlas e interpretarlas. Esta obcecación ralentizó su reacción y la hizo incluso titubeante”.

Durante los últimos nueve años, he sido la diana sobre la que muchos lanzaban sus dardos en forma de acusaciones, insultos, insinuaciones o injurias. Algunos periodistas me imputaron hasta colaboración con banda armada en las ondas y en el papel. Otros me atribuyeron incluso una relación sentimental con una acusada en el juicio del 11-M. Pedí ayuda en repetidas ocasiones al Ministerio del Interior con el fin de que algún dirigente saliera en mi defensa, respondiera con claridad a las preguntas parlamentarias o a las dudas que los medios estaban lanzando sobre nuestra actuación. Pero nadie nunca nos defendió.

A lo mejor, les interesaba que hubiera tensión, como dijo el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero al final de su entrevista con Iñaki Gabilondo en un descuido cuando creía que el micrófono estaba cerrado. Pedro J. en uno de sus artículos dominicales a finales de 2006, revela que Zapatero me pidió disculpas por lo que estaba pasando y que me dijo que el PP y El Mundo estaban dirigiendo todos sus dardos contra mi, pero que en realidad querían apuntar a él. Está claro que unos y otros hicieron utilización de los atentados, como digo en mi libro: «[E]l 11-M, como primera gran agresión terrorista en Europa, se utilizó como una cuestión doméstica, como un arma arrojadiza entre fuerzas políticas, en vez de servir para situar los atentados en el contexto de una campaña global de la yihad musulmana contra las democracias occidentales».

Algunas instancias superiores de entonces me requirieron para que asumiera públicamente que los Tedax dijeron que el explosivo utilizado fue Titadyne, el habitualmente utilizado por ETA. No lo acepté, respondiendo: “En las sucesivas ocasiones que me convocaron para asumir lo del Titadyne, mi contestación siempre fue la misma: Sabéis que en nosotros no está el error. A mí nadie me habló de Titadyne. A las 14.00 horas del mismo 11 de marzo se os comunicó lo único que teníamos, que solo se podía saber que era dinamitaNo puedo admitir algo que no se corresponde con la realidad y dejar para siempre manchada la historia de la especialidad. No consentiré que se diga que los Tédax confundieron al Gobierno de la nación”.

En esos momentos, ya era consciente de lo que me iba a costar personalmente defender la especialidad; de todas formas, era mi obligación y nunca me he arrepentido de ello, más bien lo contrario, a pesar de la soledad y, en algunos casos, la ingratitud que he recibido como recompensa.

Lo cierto es que la investigación de la Policía no fue reconocida en España como lo fue en el extranjero, donde la práctica totalidad de medios de comunicación y gobiernos alabaron las pesquisas de los Tedax y de los miembros de Información de la Policía. En no pocos foros internacionales se reconoció abiertamente como ejemplo a seguir la inmediata respuesta dada por las fuerzas de seguridad españolas para volver a la normalidad, la investigación y el esclarecimiento de los hechos, que sirvió para localizar a los autores. España había dado un ejemplo a otros países que, con atentados de la misma naturaleza pero inferior complejidad, no obtuvieron resultados ni siquiera parecidos. Sin embargo, aquí fue distinto. Pedro J. Ramírez (El Mundo, 2 de junio de 2009), en la presentación del libro Titadyne, con su Yo acuso, culpaba a 17 personas (jueces, fiscales, policías y guardias civiles) de manipular la investigación.

Me limité a hacer mi trabajo, ahora solo trato de poner a disposición de los ciudadanos e historiadores un relato con citas y referencias desde las que se pueden consultar y contrastar datos y documentos sobre lo que hicieron los TEDAX,  por eso he donado íntegramente los derechos de la obra a la Fundación Huérfanos del Cuerpo Nacional de Policía.

Fuente : GESI