Javier Yuste:»Recuerdos infantiles del Príncipe de Asturias»

Javier YusteNo creo estar equivocado al tener la convicción de que, con el paso de los años, cada vez hay menos cosas que nos puedan sorprender. Seguro que es una opinión generalizada y de la que bien podría devenir la expresión “estar curado de espanto.” Sin embargo, cuando llegó a mis oídos la, lejana ya, noticia de que nuestro “Príncipe de Asturias” iba a ser desactivado y desguazado, como víctima a inmolar en funestos ritos para apaciguar a la Crisis, no pude menos que quedarme sin voz durante unos instantes. Era como si me hubieran arrancado algo desconocido de mi interior y que me era sustancial.

Cuesta demasiado mantenerlo”, decían.

A esa noticia, siguieron otras con el paso de las semanas y de los meses. Quizá, la más triste, la de las peleas entre empresas para “descuartizar” al insigne buque.

El Tiempo seguía su curso y, de repente, como si despertásemos de un sueño sordo, llegaron los días de la semana pasada; SAR el Príncipe de Asturias presidió la ceremonia de baja y participó del postrero viaje de este gigante que nos hizo entrar por la puerta grande en el mar de nuevo. Las declaraciones de D. Felipe siempre giraron en torno a la palabra “tristeza” y, sin duda, esa desazón se violentó cuando, a las 17.04 horas, tomó los mandos de la última nave (un SH-60B) que despegaba desde su larga cubierta.

Una especie de congoja también hizo presa de mí mientras seguía su derrota hasta Ferrol, con el murmullo de la espumante ola, gracias a la impagable labor de los amigos del “Foro Naval”, que iban subiendo decenas y decenas de fotografías a su portal y a Facebook. Imágenes que, a decir verdad, a muy pocos parecen haberles importado estos pasados días, a pesar de lo que significa el portaaviones “Príncipe de Asturias” para la Historia naval española.

Aunque nunca he estado a bordo del R11, me he sentido muy vinculado a él. Cuento con 32 años y veo como él, a los jóvenes 25, finaliza su vida para acabar siendo convertido en cuchillas de afeitar, indigno fin para un guerrero y triste augurio para muchos.

Ese es el punto de unión: el haber crecido y haberme hecho hombre con su presencia en las aguas, pero también el ver que ha llegado el día que nunca pensé que amanecería. Ya no podré poner pie en sus hangares, en su puente o en su sollado más allá que en las instantáneas tomadas por amigos en jornadas de puertas abiertas que nunca más habrá o en los recuerdos compartidos por desconocidos en la Red. La lejanía geográfica, los compromisos laborales o familiares, los problemas económicos o, incluso, la desidia, han impedido que pudiera contemplarlo amarrado en un muelle, subir por su pasarela y conmoverme con la electrizante sensación que siempre acompaña el entrar dentro de un inmenso y vibrante ser.

Otro barco que se va para mí, otro más que desaparece.

Y, siendo testigo desde la lejanía del último adiós, he podido viajar al Pasado hasta ese mismo momento del punto de unión material con el “PdA”, y me veo, tijeras en mano, en aquel tramo que va desde finales de la década de 1980 y la entrada de la de 1990, recortando una fotografía de una revista. Determinar qué publicación era me resultaría imposible, pero quería ese portaaviones, el primero en realidad en la Armada española, recién asignado y que comenzaba a vivir. Supongo que sería poco después del 30 de Mayo de 1988. Es curioso cómo los recuerdos infantiles pueden aflorar de repente y hacerme sonreír, obligándome ahora a desenterrar aquella imagen. Sé que la guardé en un pequeño libro de postales y que la protegí de los peligros de las mudanzas. Seguro que se oculta en algún oscuro y polvoriento escondrijo de la librería familiar que se alza a mi diestra, traspapelada entre las aventuras de los tres mosqueteros y Jack Aubrey, diccionarios, enciclopedias, ejemplares de la RGM y apuntes de Derecho y estudios navales, esperando pacientemente a este momento para regresar.

Tengo ganas ahora de tomar al asalto el mueble y encontrar ese retazo de mi vida, para decir adiós a este buque que entró en mi corazón de forma serena y que, allí, nunca caerá bajo la frialdad y la pobredumbre de un cementerio de barcos.

Solo espero tener suerte en la empresa de buscar el recorte perdido, mientras, de nuevo, me formulo la pregunta de por qué España sigue dando la espalda al mar y no ha reservado al R11 una oportunidad se seguir sirviendo, o concederle un fin en el abismo imperturbable o ser museo flotante como muestra de orgullo.

Temo que me haré esta cuestión en muchas más ocasiones.