Javier Yuste: «Aprisa»

Javier YusteSi no recuerdo mal, era el pasado miércoles, hacia las 1630 horas. Estaba yo enfrascado delante de la pantalla del PC cuando mi móvil comenzó a berrear con la melodía asignada a los números no añadidos a la agenda. De mala manera me reincorporé de mi asiento y cubrí con lentitud los metros que me separaban del mil veces maldecido artilugio. Levanté la tapa, leí qué número me llamaba y pulsé el botón del “telefonito” verde un tanto intrigado.

-Hola, buenas tardes –fórmula hueca de cortesía, pero hay que mostrar un mínimo de educación ante todo, eso sí.

-Buenas tardes. ¿Es Vd. Javier Yuste? –una sonriente y masculina voz me preguntó desde el otro lado.

-Sí, soy yo –por alguna razón, comencé a temerme lo peor.

-Le llamamos en relación a que Vd. ha resultado agraciado en el sorteo de un vehículo Mercedes al que se suscribió.

Muy extrañado, arqueé las cejas. Ganador y de un Mercedes, ni más ni menos.

-No me consta que me haya apuntado a sorteo de coche alguno.

-Quizá si le dijo que fue el pasado mes de Diciembre…

Me hizo especial gracia eso de tratar de hacerme recordar algo que no había hecho.

-No. No lo recuerdo.

Justo entonces el que me llamó cortó la comunicación de forma abrupta y me quedé con ese irritante “pip-pip-pip” zumbando en el oído. Respuesta tajante por no caer en una estafa. Pero, ¿cómo obtuvo ese individuo, o aquel para el que trabaja, mis datos? ¡Ah!

Resulta curioso ya que no es la primera vez que “gano” un coche. Ya me “tocó” hace unos diez años. Recibí una carta para que fuera a recogerlo a no sé qué calle de una ciudad vecina. Por supuesto, el remitente se quedó sin conocerme.

Y con dos coches a los que he renunciado, con esta suerte, es normal que siga soltero. Ya se sabe, afortunado en el juego… Pero, claro, el lector de este artículo se preguntará que, con semejante título, a qué vienen los anteriores párrafos. Muy sencillo. Quien me llamó sabía muy bien mi nombre y mi número de teléfono y, a buen seguro, muchas más cosas de mí. Datos que habré facilitado, como la mayoría, en cientos de sitios, sobre todo desde que las redes sociales parasitan nuestra vida. Redes a través de las que accedes a productos, foros, etc., a las que das tu expreso permiso para que se introduzcan en lo más profundo de tu perfil, el cual vas construyendo, sin preocupación alguna en la frente, día tras día y por voluntad propia. Así conocen tu rostro, estudios, residencia, donde has estado, donde estarás, gustos a todos los niveles, relaciones sentimentales, opiniones sobre política… Información que está al alcance de cualquiera con buenas, regulares o malas intenciones. Lo mismo puede ser un operador de Marketing que un terrorista internacional o un simple criminal cibernético a la espera de que se cante una serie de números mágicos que abran mi cuenta bancaria, en plan Gordo de la Lotería. Y lo hago porque me da la gana, porque quiero, porque yo lo valgo.

Regalamos nuestra intimidad, derecho que consideramos inviolable.

Y es en este momento cuando entra el espía. Bueno, perdón, analista… Bueno, creo que calificar al Sr. Edward Snowden (o “Esnoudén”, según Evo Morales si no me falla la memoria) de analista es decir mucho. Yo diría que es un simple oficinista o, mejor aún, que ni siquiera existe.

Hace unas semanas salió de su casita de dos plantas y dos coches en el garaje, escopetado, espantado, horrorizado y todos los demás sinónimos que se puedan emplear, al conocer lo que hace la Compañía para la que trabajaba (si es que trabajó). ¿Quién lo iba a decir, eh? ¡La Agencia Nacional de Seguridad espía a la gente! ¡Dios mío! ¡¿Qué me dices?! Mira que ni me había dado cuenta. Menos mal, Snowden, que tú nos has abierto los ojos. ¡Fiw! Que yo pensaba que NSA, CIA, etc., serían las siglas de asociaciones de abuelitas que pasan el tiempo haciendo tartas o macramé. Y, aún hay más: espía a los aliados (por ahora) de Estados Unidos. ¡No puede ser! ¡Quememos Langley y la bandera americana! ¿Cómo se atreven a “conculcar” nuestro derecho constitucional para prevenir ataques terroristas? ¡Qué morro!

Por todo ello, es más que normal que un analista de la NSA, con ética y conciencia de vivir en una serie de Disney Channel, se autonombre paladín de los derechos humanos (¡ejem!), el Robin Hood de los pobres avasallados por su país. Y es lógico que huya a lugares como la República Popular China, o se quede “atrapado” en Rusia, donde “desde siempre” el individuo, su intimidad y su ideología han sido sagrados (¿oigo carcajadas?). Donde ha sido desterrado cualquier tipo de control de la sociedad desde… Ni se sabe. ¿Verdad? Por no decir que allí los derechos humanos están respetadísimos. Cierto, cierto…

Siento toda esta batería de sarcasmo que podría hasta calificar de infantil, pero es que esta situación se me antoja como un chiste que ni el mismísimo Stanley Kubrick se atrevería a escribir si hiciera, de estar vivo, una segunda parte o la misma película pero actualizada de “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú.”

Todo esto me parece una fantochada realizada por alguien que sólo vende humo entre una panda de estúpidos ignorantes, sobre todo desde que han entrado en la fiesta dos individuos que representan en carne y hueso la “resistencia” contra el adoctrinamiento yanki: “Asterix” Morales y “Obelix” Maduro, éste último con “Ideafix” Chávez reencarnado en un “pajarico” (sea todo esto dicho con el mayor de los respetos debidos a los geniales Uderzo y Goscinny).

En un mundo como el que vivimos, contemplar estas escenas a través de la pantalla del televisor resulta poco menos que grotesco y eso que pensé que después de que el paladín Assange arengara a las masas en plan Evita Perón, pero desde el balcón de la Embajada de Ecuador en Londres, yo ya estaría curado de espanto. No sé aún cómo estos dos tipos “sabiendo” tantos secretos, “poseyendo” tanta información, no la lanzan al aire para, por ejemplo, terminar con la guerra civil en Siria, derrocar el gobierno estalinista de Corea del Norte o, ya puestos, acabar con el hambre en el mundo. La lista de males de nuestra perla azul es interminable, mas es curioso que estos individuos solo posean datos con los que desestabilizar (echémonos unas buenas risas) a los EEUU, a ese “cáncer” que aplasta la Libertad… ¡Aquí huele a azufre!

Cómo se nota que los occidentales nos aburrimos. Permitir este tipo de circos es buena muestra de ello. Luego nos extraña que en nuestro país arrasen programas seudo-basura (creo que considerarla basura es excesivo como piropo) como “Sálvame” o “Gran Hermano”; pero si los más “cultos” ya cuentan con la carpa de Assange & Snowden y los que estén por llegar.

Por favor…

En realidad, a ningún Gobierno con dos dedos de frente le interesa la suerte del Sr. Snowden por el simple hecho de que es un farsante, vende humo. Hasta me estoy convenciendo de que es un elemento de la NSA que ha sido lanzado al exterior para sondear la situación internacional que se ha creado. Lo más grave es que igual ni él mismo lo sabe. También creo que mientras esta chapuza acapara titulares, por detrás algo más jugoso está sucediendo.

En realidad, quizá, no debiéramos preocuparnos por la mera razón de que las agencias de Inteligencia controlen nuestra vida. Todos sabemos que si no pasa nada, exigimos desgañitándonos que nadie nos vigile, pero si una bomba resquebraja el fino cristal de nuestro “mundo feliz de blancos”, reclamaremos la cabeza de quien sea por no haber violado la suficiente nuestra intimidad.

Quisiera cerrar este artículo con un pequeño secreto que no es tal, pero que ahí está, oculto y enterrado. Unos párrafos más arriba he hablando de datos a los que puede acceder todo el mundo, mas nos crispa que lo haga una organización como la NSA. He hablado de redes sociales, pero el caso Snowden se puede extender a las escuchas telefónicas y es aquí donde compartiré con el lector una confidencia sobre algo que he aprendido a lo largo de mi normal labor de escudriñar sumarios judiciales. Veamos. Hablo de esos pinchazos telefónicos, que ya no son tales. Todos tenemos en mente a un tipo vestido de negro que allana nuestra casa y coloca en el micrófono del teléfono un minúsculo aparatejo; o también en una terminal; o, mejor aún, una extraña furgoneta que se pasa los días delante de nuestra ventana. Deberíamos actualizar nuestra concepción porque eso lo veríamos en “Koyak”, pero no en el año 2013, ni en el 2012 ni tampoco en el 2011. Cuando la Policía encuentra indicios de delito y los prueba delante de un juez para que autorice una intervención telefónica, el Auto judicial exige a la compañía telefónica que sea la que tenga el número en cuestión, que entregue las copias de las llamadas realizadas y recibidas. No es que se autorice a grabar esas conversaciones a partir de la fecha del acuerdo judicial, sino que si estamos a 13 de Julio de 2013 y se quiere la relación y contenido de comunicaciones habidas entre el 1 de Enero a 30 de Abril de 2013, por ejemplo, la empresa las entrega para su unión a Autos porque lo tiene todo, todo y todo bien almacenado.

Espero que no haya desmayos.

Es así, por sorprendente que sea. Miles de ordenadores están almacenando nuestras conversaciones. Aunque la tecnología no está lo suficientemente avanzada, estamos muy cerca de que una megacomputadora controle cada uno de los pasos que damos y ante lo que no diremos ni mú.

Si tememos que el CNI o la CIA nos espíe en nuestro día a día, algo que consideramos fruto de una película, con el fin de la defensa nacional, me aterra mucho más que una compañía, una empresa privada, que me suministra un servicio, posea todo el control sobre mi intimidad, sobre mis llamadas, mis SMS, mis MMS, mis mails… que pueden estar en manos del mejor postor o del que mejor los pueda robar.

Sin embargo, seguiremos violando voluntariamente nuestro derecho a la intimidad, a toda esa parrafada que desarrolla la figura jurídica, y nos callaremos mientras no sea otro quien lo haga o se nos cause perjuicio.

Así que, dejen al Sr. Snowden, sea quien sea, ya que no es más que un tipo que rezuma por sus poros la imperiosa necesidad de llamar la atención. Está viviendo sus quince minutos de gloria. Luego, que se vaya a cultivar bananas a una república al uso. A nadie le importa.