El Teniente IM Candon relata como ocurrió el accidente de los EOD del año 2011 en Hoyo de Manzanares

El Teniente de Infantería de Marina Jose Manuel Candon, detalla en este relato lo que acontenció el 24 de febrero del año 2011 en la Academia de Ingenieros de la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares en la que fallecieron cinco miembros de los equipos EOD de la Armada y el Ejercito de Tierra. El sobrevivió al igual que e Sargento 1º Raul Gonzalez, con graves secuelas fisicas y en este relato detalla pormenorizadamente lo que alli aconteció dicho fatídico día.

Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder en aquella mañana y bajo el incomparable entorno de la sierra madrileña. Como cada día de los últimos tres meses, sonó el despertador y todos los que dormíamos en el barracón nos levantamos con ganas de empezar la jornada. Faltaba poco para el ansiado fin de semana y unos más que otros teníamos la mente puesta en la familia. Algunos no llevábamos muy bien eso de dormir cerca de Bull (Sgt1º Raul Gonzalez), los comentarios matutinos lo delataban, “no veas como ronca el tío”, “es una motosierra personificada”, y eso que él, hacía todo lo posible por acostarse el último para darnos ventaja a los demás. Aun así me acostaba con los auriculares del iPOD, con la música a todo volumen para no desvelarme con los ronquidos. En ese barracón, situado bajo la cafetería y junto al gimnasio, llevaba varios meses conviviendo con el resto de integrantes de la Fuerza creada para desplegarnos en el Líbano. Dentro del ámbito de las misiones internacionales de Naciones Unidas y con el sobrenombre de Libre Hidalgo XIV.

Tuve el placer de conocer compañeros de distinta índole y procedencia, entre los Infantes de Marina allí destacados, se encontraban mis dos suboficiales, ambos jefes de sus respectivos equipos de desactivación de explosivos. Normalmente se desplegaban dos equipos mandados por un Oficial, cada equipo compuesto por un Suboficial Operador y un militar de tropa Auxiliar al jefe del citado equipo. El barracón se encontraba situado a medio camino entre los aparcamientos de los carros de combate de reciente adquisición Leopard 2 y la zona de Mando y vida de los Ingenieros. Me llamaba poderosamente la atención verlos aparcados uno al lado de otro, daba la sensación de potencia y devastación, no me gustaría encontrarme en una trinchera y ver aparecer una manada desbocada de carros de combate de este tipo hacia mi.

Junto a mi litera tenía las de Víctor y Raúl, mas conocido por Bull. El nombre de guerra le venía como “anillo al dedo“, solamente tenias que conocerlo, ver su tamaño descomunal para entenderlo. El resto de compañeros y componentes de mi Unidad, por motivos de espacio y graduaciones estaban instalados en otro barracón contiguo a la zona de Mando del Batallón de Ingenieros en el que nos encontrábamos integrados para el despliegue en zona de operaciones. Como auxiliares especialistas en la materia de desactivación de explosivos, Javi (Cabo 1º) y Herminio (Cabo 1º), Moreno el conductor asignado y Calvarro (Cabo 1º) como guía canino. Calvarro me resultaba persona “peculiar” donde los haya, guía canino, especialistas en perros que rastrean explosivos. Sus dos perritos estaban situados en una perrera adyacente al acuartelamiento, siempre andaba preocupado por sus animales, para él eran casi personas. Entregado y ejemplar en sus cometidos, aun recuerdo como por las mañanas, mientras Bull llevaba el adiestramiento físico de los equipos, yo me iba con Calvarro y corríamos con los dos perros. Tenían que ejercitarse, claro está, y así yo también me libraba del entrenamiento exigente al que nos sometía Bull. Cada mañana, flexiones, abdominales, carrera, hasta la extenuación, menos mal que era su jefe, no quiero ni imaginarme lo que debía ser tenerlo de instructor en preparación fisca.
Si por algo nos caracterizamos los desactivadores de explosivos es porqué somos animales de costumbres muy definidas, y esa mañana no iba a ser menos. Nos esperaba un ejercicio rutinario basado en prácticas de desactivación reales. Normalmente se llevan a cabo este tipo de ejercicios porque es necesaria la comprobación de los efectos que se pretenden conseguir. Parece un tema complicado pero ni mucho menos, consiste en neutralizar un artefacto explosivo, colocarle un tipo de carga configurada especial y obtener los resultados previstos.
La práctica de ese día la llevábamos planeando desde hacía tiempo, por lo que el timing de esa mañana lo tenía prefijado con anterioridad. Tras levantarme y hacer la cama, me fui al baño, tome una ducha y un cepillado de dientes. El baño se encontraba situado al final de un pasillo, y ya de vuelta al barracón me puse a vestirme con el uniforme de trabajo. Cuando vas a alguna actividad fuera del acuartelamiento, no te pones el mimetizado de revista, sino que usas uno un poco más viejo, pero en perfecto estado de policía. Las botas suelen ser algo más cómodas y curradas, por si tuviéramos que andar más de la cuenta, un poco de ropa de abrigo pues por la mañana temprano hacía “pelete“, estábamos en la sierra madrileña y hay que estar prevenido.
Como equipo, subimos a desayunar los tres juntos a la cafetería, entre coñas y bromas, le dije a Víctor (Sargento 1º) que tenía un porte espectacular, a pesar de ser mas bajo que yo, es el único militar que había conocido capaz de llevar la “teresiana” (nuestra prenda de cabeza) almidonada, y el uniforme fuera de campo o no, impoluto, sin arrugas. El pantalón planchado con la raya perfecta, como si fuera de vestir, llegaba a ser obsesivo con la policía. Siempre vestía con todo lo reglamentario, no como Bull y yo, que a la más mínima de cambio ya usábamos botas diferentes a las que se nos había entregado. Deben ser de caña alta y negras, pero solo se especifica el modelo en alguna instrucción interna que procuraba obviar. Cuento la anécdota de que una persona para asearse necesita 10 litros de agua, pues con Víctor, me reía y le gastaba coñas, a razón de que en unas maniobras, apareció con media cantimplora de agua y un cacillo, había sido capaz de ducharse, asearse, afeitarse y peinarse; era boina verde.
Tomado ya el rápido desayuno de café y tostadas, solamente me quedaba el material personal que tenía en el barracón, algunos compañeros se despidieron de nosotros como siempre, “luego nos vemos, venga que ya está aquí el fin de semana”, ”Pepe tráeme un recuerdo” otros con la broma, “oye que me llevo tu bici”. Era conocido la afición que Bull y yo teníamos a la bici de montaña, llegando inclusive a llevárnosla a Madrid. Aquella tarde anterior estuvimos entrenando por el carril bici en las cercanías del acuartelamiento, las cosas del destino no me permitirían ir el siguiente fin de semana en bicicleta a Navacerrada, a pesar de haberlo planeado. Es curioso con la facilidad que se hacen planes futuros, sin pensar en el presente, que pueden realizarse o no, cuestiones del destino. La tarde anterior nos visitó un soldado, al que le guardo un especial aprecio, tuve el honor de tenerlo bajo mis ordenes, Luis Doramas Pérez, el cual llevaba años en una silla de ruedas, debido a un accidente de tráfico cuando se disponía a disfrutar de sus vacaciones y camino a casa, a la altura de Jaén el destino también se había cebado con él.
Una vez me encontré con todos los componentes de mi Unidad en el punto de reunión establecido, se nos unió el personal del Ejército de Tierra, Valdepeñas (Sargento 1º), Mateo (Sargento), Díaz  (Cabo) y Polo (Cabo), que nos iban a acompañar. Su misión, guiarnos por Madrid hasta la Escuela de Ingenieros y aprovechar también ellos la mañana realizando sus ejercicios de adiestramiento. Sé que esto es normal en estos casos, viene personal de fuera de otro Cuerpo, desconocen sus costumbres, sus medios, y como medida de cortesía vas acompañado. Se trataba de Valdepeñas, Mateo, Díaz y Polo, todos ellos pertenecientes a la Unidad de desactivación de explosivos del Batallón de Ingenieros donde me encontraba integrado. Comencé a repartir las tareas y en esta ocasión Calvarro y sus perritos se quedaron en el acuartelamiento para actividades propias de su destino específico. Al ser el mando más antiguo, acudí al puesto de Mando y Plana Mayor del Batallón para ultimar las instrucciones y coordinar la puesta en marcha del convoy. Se nos agregó el personal de sanidad, mantuve la última conversación con los mandos del Batallón de Ingenieros, antes de partir, referente al ejercicio.
Ya empezaba a hacer calorcito y el tiempo acompañaba, apetecía comer fuera con los compañeros, en algún restaurante de la zona, iba ya planeando desde hace días quedarme, tras las prácticas, a comer en Hoyo de Manzanares, localidad colindante a la zona de maniobras. Nos pareció una oportunidad única para compartir experiencias y confraternizar con nuestros compañeros del Ejército de Tierra. Valdepeñas acababa de llegar de Afganistán y quería escuchar sus batallitas y vivencias en su misión. Desafortunadamente la comida nunca se produciría quedando pendiente para siempre.
Una vez hecho las comprobaciones rutinarias de comunicaciones, orden de marcha de los vehículos, cargado el material y el recordatorio de las normas de coordinación pertinentes, me despedí del Jefe del Batallón de Zapadores sin esperar la trágica y amarga situación que se nos avecinaba. Mientras me dirigía a la citada sierra para la realización de las prácticas de desactivación de explosivos, fueron múltiples las conversaciones que tuve, como siempre se hablaba de futbol, de trabajos, los compañeros de Tierra me contaban por donde nos estábamos moviendo. Ya llegando a la entrada del acuartelamiento, mantuve una charla acalorada sobre las órdenes incoherentes y si había que cumplirlas o no, debate muy escabroso entre militares.
Tras un viaje apacible, con la columna de vehículos al completo y sin incidencias que reseñar, llegué a la puerta del Acuartelamiento en las cercanías de Hoyo de Manzanares, era la Academia de Ingenieros, y su campo de maniobras El Palancar. Todo transcurría bajo un ambiente ameno, sabedores de que lo que íbamos a realizar eran unas simples prácticas, nada complejas repetidas una y mil veces con anterioridad, en las que se habían fijado las directrices y procedimientos previamente, desconocedores del destino que nos había guardado la vida. Me presenté con Valdepeñas al encargado del Campo, rellené los documentos necesarios, leí las medidas de seguridad y comprobaciones pertinentes antes de adentrarme en el último viaje que realizaría como jefe de una Unidad. El camino que separa la entrada del campo de maniobras, de la zona de ejercicios, discurre atravesando la cara Norte y Sur de la sierra, un camino forestal que desprende un polvillo amarillento que se te incrusta en los orificios nasales. Cuesta despegarlo, parece cemento, ya las conversaciones no eran de actualidad, sino que se convertían en directrices y últimas comprobaciones de los cometidos de cada uno. Bull y Víctor no se encontraban en mi vehículo, sino que acompañaban a sus respectivos auxiliares en los vehículos que nos habían designado. Las conversaciones eran entre Valdepeñas, Moreno, sus cabos y yo. De vez en cuando se contaba una anécdota, ya que en esa zona es donde realizan los cursos de formación en materia de desactivación de explosivos. A todos les había pasado algo con algún instructor, alguna metedura de pata o situación imprevista, lógico tratándose de una Academia, “el alumno siempre trata de engañar a su profesor“.
Una vez colocados los vehículos en un lugar seguro, descargado el material y repartido los trabajos, procedí junto al resto de personal a revisar la zona, previamente se procede a una revisión visual de la zona de las prácticas. Pueden aparecer restos de otras prácticas pasadas, objetos que pudieran salir proyectados u otros elementos que pudieran ser peligrosos o puedan entorpecer los ejercicios. Esta revisión es superficial, se revisan el cráter a usar pero nunca se realizan excavaciones, al no ser que haya que acondicionar el cráter como más tarde se realizaría.
Cuando se estaban abriendo las cajas uno de mis comentarios sobre las minas modelo C3-B que íbamos a usar fue “JODER SON MAS ANTIGUAS QUE YO”, refiriéndome al año edad de fabricación y la fecha de mi nacimiento. Las municiones se someten a comprobaciones de los stocks y se prolonga su vida útil, se realiza por expertos en la materia, en centros de almacenamiento de municiones y centros técnicos.
Procedí a repartir un cráter a cada equipo, si imaginamos un triangulo equilátero, en el vértice inferior, se colocaron los compañeros del Ejercito de Tierra, en el vértice izquierdo, Víctor y Javi y en el derecho BULL y Herminio. Cada equipo dispuso de su material y lo desplazaron a los puntos asignados previamente. Una vez allí cada equipo coloco el material para la práctica. Los primeros en finalizar Víctor y Javi, posteriormente Bull, Herminio se había alejado para supervisar y preparar los puntos donde se iba a dar fuego a las cargas. Valdepeñas y su equipo continuaban colocando las minas C3-B apiladas. Bull me gritó “Mi Teniente, listo, nos vamos hacía arriba”, había dejado colocada su práctica para posteriormente bajar en solitario, proceder a su cebado (colocar los elementos que la harían detonar), éste procedimiento se realiza por una sola persona, el resto debe permanecer alejado y en lugar seguro, pero este ultimo paso no llegó a realizarse. Me giré hacia la izquierda ofreciendo mi costado derecho al punto donde se encontraba Valdepeñas y Díaz, Polo había subido por unos sacos terreros a la zona de seguridad, para acondicionar los bordes del cráter, Víctor y Javi se habían acercado mientras tanto con su cámara de fotos a ese punto…..

¡¡¡BULLL!!! ¡¡¡BULLLLLL!!!¿QUE COÑO HA PASADO? ¿QUÉ HABEIS HECHO? ¡¡¡BULLLLLL!!!…..estas fueron las primeras palabras que pude exclamar a gritos, el dolor invadía todo mi cuerpo, una quemazón brutal y agonizante recorría mis pulmones, no veía, solo destellos de luz como explosiones de fuegos artificiales, me dolía la cara y un tremendo escozor recorría mi boca y mis ojos, el olor a TNT sobrevolaba el ambiente, los oídos me zumbaban como si tuviera un pitido interior. La sensación de dolor era brutal, insoportable, casi indescriptibles, jamás algo me había dolido tanto antes. Todo sucedió en un microsegundo, Bull y yo nos dirigíamos a la zona de seguridad tras haber dejado sus elementos para la práctica colocados, Víctor y Javi habían colocado también las suyas pero se aproximaron a fotografiar la colocación de la practica de los compañeros Valdepeñas, Mateo y Díaz, Polo y Herminio se encontraban un poco alejados realizando sus tareas, todo estaba programado, todos sabían y conocían sus cometidos, pero no contábamos con el infortunio de lo incontrolable, la suerte no nos acompañaba esa mañana.
Un frio intenso recorría mi cuerpo, a su vez una quemazón se adueñó de mi cara y manos, no soportaba el dolor, no soportaba el desconcierto del momento, la impotencia de no poderme poner de pie, la explosión fue tan fuerte que me arranco de cuajo el chaleco anti fragmentos, con placas de protección incluidas. La onda expansiva me giró por completo en un primer instante, me arrodille sin fuerzas y a continuación me desplomé al suelo. Cuando casi 60 kilos de explosivos TNT detonan cerca de ti, la situación es imprevisible, normalmente acaba con tu vida instantáneamente, aun no me explico como puedo estar contándolo, a tan solo 15 metros del foco de la detonación, solo puede hablarse de un milagro. La cascada de acontecimientos se sucedieron rápidamente, pocos segundos después de estar en el suelo y llamar a Bull como un desesperado, sin saber por qué él, y no otro, logré atisbar un hilillo de voz tenue que me contestó “QUE QUIERES COJONES”. Unos meses más tarde, me comentó, que cansado ya de oírme gritar desesperadamente buscando una complicidad, de los que me rodeaban, gritarme y contestarme y sabedor de que no le oía, fue “lo que le salió del alma en ese momento“.
Tal vez mi subconsciente ya había asimilado la gravedad de la situación, donde se encontraba cada uno y las posibilidades de que siguieran con vida. Una vez tumbado en el suelo, sintiendo como la vida se me escapaba poco a poco, sin saber como evitarlo, tuve un momento de serenidad, a pesar de los intensos dolores que estaba padeciendo, empecé a realizarme un chequeo mental de daños para valorar la situación. Enseguida me di cuenta de que la vista y oídos estaban fuera de combate, movía las manos con lo que algo estaba bien, moví los dedos de los pies, dentro de las botas, para cerciorarme de que la columna vertebral estaba bien. Todo ello quizás por el temor de quedarme invalido, la sensación, puedo asegurar que no fue nada agradable. Mis dedos flotaban entre un liquido gelatinoso caliente, como el que se moja los calcetines cuando llueve, efectivamente me estaba desangrando poco a poco, las heridas y perforaciones que tenía en los muslos y parte interna de las piernas me estaban arrancando la vida sin apenas daré cuenta. Mientras movía los dedos de las manos, pude comprobar sin inmutarme, que el índice de la mano izquierda estaba destrozado, colgando de un fino hilillo de carne, es curioso, pero no me dolía. Era superior el dolor y la quemazón de mi rostro, que el del resto del cuerpo. Esa misma muñeca de la mano izquierda, tuvo un desgarro de piel , dejándome al descubierto los tendones y huesos, más tarde ahí me pondrían un injerto de piel, pero eso será parte de otro capitulo.
Todo dentro de la gravedad parecía estar bien, claro, sino me veía, yo que iba a pensar, de repente y antes de que se me pusieran encima los sanitarios, un frio recorrió mi cuerpo por completo, un fuerte, intenso e insoportable dolor me había entrado por la ingle, indudablemente algo no marchaba bien. Entre gritos, intentaba taponarme con las manos lo que pensaba podía ser el fin, me desangraba, probablemente aquella imagen de la cornada a Paquirri era lo mas parecido a lo que me estaba ocurriendo. No sé que tiempo había transcurrido entre la explosión y el momento en el que llegaron el médico, el enfermero y su auxiliar, tampoco quiero pensar en la imagen tan dantesca que se encontraron, no la olvidaran nunca. Al igual que nuestro compañero Herminio y Polo que sufrieron leves heridas en aquel instante. La imagen debe ser difícil de describir, un fuerte humo ennegrecido, sangre, mutilaciones, trozos de cuerpos, a veces pienso que prefiero lo que me ha ocurrido antes que haber visto ese cuadro. Estas cosas nunca se olvidan, y es preferible ser sujeto paciente y activo por haberlo sufrido, que haberlo visto y no haber podido hacer nada por evitarlo.
En los primeros momentos de la explosión, el equipo médico tuvo que tener las cosas muy claras, Bull pululaba de pie por la zona esperando que alguien le atendiera, como el mismo dice posteriormente, ya entre risas, que iba como zombi, con la cara arrancada de cuajo y un ojo colgando. Cuando los sanitarios se abalanzaron sobre mí, supe en ese mismo instante, que de los heridos, era el más grave, y así sería posteriormente, estaba a punto de morir.
La explosión fue descomunal, 8 minas contra carro C3-B y una carga explosiva, del tipo carga hueca, modelo HL-200, suspendida sobre las minas y soportada por un trípode, casi 60 kilogramos del explosivo militar mas eficaz, el TNT. Podéis imaginar en vuestras mentes, la imagen de destrucción, devastación, dolor e incluso pudor que algunos de los presentes tuvieron que soportar, en cuanto a mi, allí yacía dejando escapar mi vida, el tenue lamento que me unía a esta querida profesión, herido y dolorido desempeñando el trabajo que amaba.
Con los servicios médicos centrados en mi persona, solo se me ocurría gritarles “¿CÓMO ESTÁN MIS AMIGOS?¿COMO ESTÁN?”, a lo que respondieron con una voz no muy tranquilizadora “tú tranquilo están bien”. Claro y yo me lo creo, pensé hacia mi interior, recuerdo que sostuve unos segundos a uno de ellos con la mano derecha y empecé a despedirme de los míos, entrelazaba frases, con preguntas sobre el helicóptero, ellos me habían dicho para calmarme, que la ayuda estaba en camino. No quedaba tiempo, la vida se me escapaba, luchaba por mantenerme despierto, solo oía a duras penas, ponle esto, ponle lo otro, pínchale, no sabía de lo que hablaban, ni falta que hacía, habría compañeros que me esperaban del otro lado, a veces la vida tiene esos momentos en los que sabes lo que te esta ocurriendo, no todo el mundo fallece y es consciente de ello. Ya sea por ser un acto fortuito, y te marchas con una sonrisa en la cara sin darte cuenta, o porque no se tiene consciencia como yo la tuve ese día.
Minutos más tarde, según mi apreciación, un frescor extraño sobrevolaba mi cuerpo, era el aire que desplazaba las aspas de un helicóptero, o más bien dos, ya que el Servicio de Urgencias de Madrid, empleó dos helicópteros medicalizados en la zona del siniestro. No conseguía oírlos, pero allí estaban, a pocos metros de donde yacía tumbado, podía sentir ese zumbido de aire tan reconfortante y de alivio, por saber que me iban a evacuar al hospital más cercano. Pronto el personal sanitario del SUMA tomó el control, no sin antes tomar las medidas de precaución necesarias. Aun quedaba material explosivo por la zona, y no conocedores de su posibilidad de hacer explosión, los escuchaba preguntar, pero no a quién, sobre si era lugar seguro o no. Una vez obtenida respuesta, hablaban con la sanidad militar, pero yo ya andaba muy aturdido y casi desvanecido, entre la medicación y la perdida de sangre. Sabedores de lo que tenían entre manos, uno me comentó “esto te va a doler”, como si ya no me doliera todo lo demás, sentí un fuerte chasquido en mi tibia derecha, más tarde supe que era una vía que ponen para inyectar sangre. Sin saber como, me encontré en una camilla camino del helicóptero. Los sanitarios debían de tener una complexión normal, porque el último recuerdo que tuve de lo que me rodeaba, eran los resoplos de los que transportaban la camilla, típico de cuando lo que llevas pesa un quintal. Imagino que el recorrido fue corto, alguien me dijo “tranquilo todo va a salir bien, estas en buenas manos” y fue entonces cuando se me apagó la luz. Esa extraña sensación de desconocer si has muerto, o que, no saber donde estas, no saber que ha ocurrido, tu cuerpo aun respira pero tu cerebro ya no se encuentra en ese estado, al que llamamos despierto.

El resto del relato es ya conocido por los medios de comunicación que se hicieron eco de aquel terrible suceso.

2 Comentarios

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  1. Santiago dice:

    No me explico como la administración es tan HP con su servidores y niega una indemnización justa.
    Animo y adelante.

  2. javi dice:

    Grande Mi Teniente…..tarde o temprano

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