El ex General de División Chicharro «a vueltas» con el Servicio Militar Obligatorio

Me escribe indignado un amigo lector por la defensa del servicio militar obligatorio que, a su juicio, hago en mi artículo de la semana pasada. Craso error pues explicito bien en el mismo mi oposición desde siempre a ese sistema de reclutamiento del ejército; oposición que también aclaro es debida esencialmente a mi convicción de la postura contraria y mayoritaria de la sociedad española al mismo. Actitud lógica pues expreso, también, que imponer en los tiempos que corren un tributo personal a los jóvenes sin las prestaciones adecuadas y en edades en las que se inicia en la vida profesional es, tal como dije, una muy mala faena.

Ahora bien, dicho esto, mantengo igualmente que abogar por el ejército profesional alegando una mayor eficacia del mismo o, dicho de otra forma, que es un ejército mucho mejor es algo muy discutible. Lo es, sin duda, cuando de unidades muy especializadas se refiere pero en ningún caso en la generalidad. Aunque, dicho sea de paso, en el ejército de conscriptos ya existía un voluntariado bien eficaz en las unidades clave. Ya dije que una de las carencias del ejército actual que yo extraigo de mi experiencia en el mando de unidades es la escasa existencia de elementos tan necesarios en un ejército como electricistas, electrónicos, mecánicos, conductores, médicos, enfermeros, marineros… etc que hoy son sustituidos fundamentalmente por acciones de externalización bien caras. Algo que antes evidentemente no sucedía.

No me extenderé en esto porque algo dije al respecto en mi artículo anterior y no quiero ser reiterativo, pero sí deseo aclarar de nuevo que no soy partidario de la conscripción obligatoria a pesar de lo expuesto. Y no lo soy porque los ejércitos están hechos para lo que están y es servir a la nación con las armas allá donde sea necesario con el riesgo que ello conlleva y hoy la sociedad occidental y, en concreto la española, no lo admite. Estoy convencido que de haberse producido, por ejemplo, un ataque fuerte de los talibanes contra las tropas españolas en Afganistán con profusión de bajas propias, se habría producido -al igual que ha sucedido en Francia – una retirada apresurada de nuestras unidades de esa guerra debido a la presión de la opinión pública, que no de la valía de nuestras tropas que es lo mejor que tenemos; imagínese el lector la misma situación con soldados procedentes de la recluta obligatoria. Bueno, la que se habría armado.

No. Hoy es impensable otro ejército que no sea el profesional.

Y aquí, entro al trapo en otro asunto de alguna forma relacionado también con el del servicio militar obligatorio como es el de la actual incorporación de la mujer en las FAS. Tributo del que estaba entonces exento el género femenino. Vaya por delante que no tengo posición contraria a este hecho si bien aclaro que no lo comparto tal como está contemplado. Y lo digo también desde la experiencia del mando ya que he sido testigo de cómo la integración de la mujer se produce en circunstancias desde luego no equitativas con los varones; situación que se produce desde el mismo momento en el que hasta las pruebas físicas de ingreso son diferentes. No tengo nada en contra de la presencia de las mujeres en los ejércitos pero dado que las actividades en las unidades son las mismas para todos no entiendo las situaciones de favor de las que luego gozan por la sencilla razón de su mayor debilidad física. Recuerdo bien como mandando un Batallón de Infantería de Marina – salvo en ocasiones contadas – al final las mujeres ejercían funciones en planas mayores o administrativas por la sencilla razón de que físicamente no eran capaces de integrarse como fusileros o portamorteros. Tuve ocasión de manifestárselo así a la propia ministra de Defensa anterior. Y se lo expliqué de forma fácilmente entendible poniendo como ejemplo las ligas de fútbol o campeonatos de atletismo donde por lo menos, hasta ahora, no se ven mujeres compitiendo con los hombres. Me puso cara de sorpresa, pero aún más cuando le dije que si eso era así en los deportes como no iba a serlo en un Batallón de Infantería que aseguro es bastante más duro que ser futbolista. En fin, éste es un tema políticamente incorrecto y me pueden caer chuzos, pero es la pura y llana verdad.

La realidad es que los temas tratados hasta ahora son banales dentro del conjunto de los problemas que acucian a las fuerzas armadas españolas en estos momentos. Problemas fundamentalmente derivados de las políticas desarrolladas en el inmediato pasado que han colocado a nuestros ejércitos en condiciones nada favorables creando conflictos internos donde no los había y que distorsionan hasta las propias relaciones entre sus componentes. Hasta tres leyes relacionadas con el personal son las que sufrimos y hemos sufrido en veinte años. Leyes que afectan a la organización de los ejércitos y especialmente a sus miembros que cuando ya comienzan a adaptarse a un “status” se ven abocados a nuevos y drásticos cambios una y otra vez provocando una desestabilización continua en el devenir de sus carreras; situación que ha afectado sobremanera a la eficacia de los ejércitos digan lo que digan.

Entiendo, no obstante, que la búsqueda de soluciones no es fácil pero las medidas tomadas hasta ahora no apuntan – en mi opinión – por buen camino pues como se dice en castellano viejo “no se agarra al toro por los cuernos” y se contemporiza con casi todo.

Sí es cierto y, aporta optimismo, observar los últimos nombramientos efectuados para afrontar lo que hay y lo que viene, toda vez que conociendo personalmente a los nuevos Jefes de Estado Mayor y sabedor de su valía personal – para mi magníficos jefes y profesionalmente brillantes – sabemos al menos que se ha escogido a los mejores y a los que hay que desear mucha suerte. Falta les va a hacer pues por si fueran pocos los desafueros a arreglar lo tienen que hacer en condiciones económicas no precarias sino de miseria pero esto es ya otro tema.

Fuente: Republica