Pedro Pitarch”El largo golpe televisado”

En Cataluña, desde hace un siglo, las grandes convulsiones políticas se han dado mayormente hacia el otoño. Fue en septiembre (noche del 12 al 13, 1923) cuando el Capitán General de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, proclamó el estado de guerra e instauró una dictadura en España que duraría siete años. En octubre (6, 1934) el presidente de la Generalidad, Lluís Companys, proclamó el estado catalán. Horas después otro catalán, el general Batet, Jefe de la IV División Orgánica (Barcelona), tras parlamentar con Pérez Farrás, responsable de los Mozos de Escuadra (quien comunicó su sola obediencia al presidente de la Generalidad, ¿les suena de algo?) puso a Companys tras los barrotes. Nuevamente en el mes de octubre (15, 1940), Companys fue ajusticiado en Barcelona. Y ¡qué casualidad!: hoy es también 15 de octubre y estamos de golpe en Cataluña, lo cual no es algo inédito allí. Lo novedoso de esta crisis es que no hay militares por medio (de momento), que evoluciona en un largo diferido que ya dura dos años, y que la hemos visto desarrollarse en tiempo real gracias a la televisión y los móviles. Como le decía don Sebastián al pícaro boticario, don Hilarión, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”.

El golpe de nuestros días comenzó también en octubre (15, 2015), cuando se produjo lo que entonces denominé Pronunciamiento civil ( https://elblogdepitarch.blogspot.com.es/2015/10/pronunciamiento.html ). Fue a las puertas del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC), donde iba a comparecer el entonces presidente de la Generalidad, don Artur Mas, por la convocatoria, organización y celebración de un “referéndum” (prohibido por el TC) sobre la independencia de Cataluña (9-N). Vimos en la pequeña pantalla cómo el gobierno catalán en pleno, con la comparsa de muchos alcaldes de la tierra —bastones en ristre y con enorme estruendo de un enfervorecido coro de independentistas—, intentó intimidar y coaccionar a los jueces. Fue un acto público de aroma sedicioso, así como un grave atentado contra el más primigenio fundamento del estado de derecho: el imperio de la ley.

Desde entonces, las trampas, mentiras, abusos, delitos, violaciones de la Constitución y del Estatut y todo tipo de desafueros contra el estado de derecho, cometidos por las autoridades independentistas catalanas en los dos últimos años, han sido incontables. Aquéllas, no obstante, han mostrado una maestría inigualable en la explotación mediática de sus acciones, ganando por goleada la batalla de la comunicación al Gobierno. Pero los efectos de tal victoria —como suele suceder con lo meramente mediático— tiene corto recorrido.

El oportuno y gran discurso televisado de SM El Rey, del 3-O, junto con la magna concentración en Barcelona, el 8-O, en defensa de la unidad de la Nación, aclararon muchas cosas y desmontaron las mentiras independentistas. Ahora, España entera está esperando a que, dentro de pocas horas y a requerimiento de don Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, el de la Generalidad, don Carles Puigdemont, aclare si el 10-O hubo o no DUI. En segundo término, si la respuesta de don Carles fuera positiva, éste tendrá de plazo hasta el día 19 para su regreso al orden constitucional. Dudo mucho que don Carles responda simplemente con un SÍ o un NO. Intentará seguir con su habitual juego ambiguo y dilatorio, dando un largo SÍ pero NO, o un NO pero SÍ. En todo caso, lo más importante ahora es que el Gobierno, con el respaldo del PP, PSOE y Ciudadanos, ha puesto en marcha los trámites legales para la aplicación a Cataluña del artículo 155 de la Constitución. Lo que, en su caso, posibilitaría, previa aprobación por mayoría absoluta del Senado, la adopción de las medidas necesarias para obligar a esa CA al cumplimiento forzoso de sus obligaciones.

Ahora hay voces interesadas que reclaman mediación y diálogo. Pero la única prioridad del momento es restablecer el orden constitucional conculcado por los golpistas. No hay lugar para la mediación en un problema interno, que internamente ha de resolverse, especialmente cuando en un lado están los que han violado la Constitución y, en el otro, los que la apoyamos. Además, que no nos engañen: lo que los secesionistas y sus voceros pérfidamente reclaman no es diálogo, sino un mero monólogo con conversaciones entrecruzadas. Para seguir ganando tiempo.

El empeño dilatorio del señor Puigdemont está llegando a su fin. Si no rectifica, es cuestión de días que el Estado ponga sobre la mesa toda la fuerza de la ley y, si fuera preciso, la legítima ley de la fuerza. Porque, en un estado de derecho, la única fuerza legítima es la que procede de la ley. La perseguida internacionalización del conflicto es la gran batalla perdida por el gobierno catalán y sus acólitos. Tanto la UE (Bruselas), como sus países más punteros (Alemania, Francia e Italia), así como EE UU y Canadá, han explicitado sin fisuras que de independencia de Cataluña “res de res”. Esa no-internacionalización condena la locura independentista al fracaso. Lo mejor para todo y para todos, empezando por Cataluña y él mismo, sería que el señor Puigdemont disolviera el Parlament y convocara elecciones autonómicas.

En todo caso, basta de tolerar tonterías y embustes. Basta ya de regalar a los separatistas el tiempo que buscan para oxigenarse y ahondar en el cataclismo de la inestabilidad, la incertidumbre y el perjuicio económico para todos. Encárese que Puigdemont y sus secuaces no van a desistir, en manera alguna, de sus pretensiones secesionistas. Su trile consiste en acomodar los objetivos de su hoja de ruta al tiempo más favorable para sus fines. Y eso es pan para hoy y hambre para mañana. Así pues, que luchen por la independencia, pero que lo hagan desde el trullo en base a los correspondientes pronunciamientos (ahora sí es procedente el término) judiciales. ¡Ah!, vuelvo a la tele a ver como sigue la cosa…

Fuente: Blog

Dejar un comentario

*